Por Bernabé Lagrule
Coach de fitness y salud fundador
CEO de BL Performance Wellness Center
Hay enfermedades que llegan de repente, otras parecen hacerlo. Pero el cáncer, aunque pueda descubrirse un día cualquiera después de una biopsia, una mamografía, una tomografía o un análisis, no necesariamente comienza el día en que recibimos el diagnóstico.
Nuestro organismo lleva toda una vida interactuando con el ambiente, los alimentos, el estrés, el sueño, la actividad física, el aire que respiramos, las sustancias a las que estamos expuestos y nuestras propias características genéticas. Por eso, hablar de cáncer debería ser también hablar de prevención, hábitos y responsabilidad sobre nuestra salud.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cerca del 38 % de los casos de cáncer podrían prevenirse actualmente mediante la reducción de factores de riesgo y la aplicación de estrategias preventivas basadas en evidencia.
Entre los factores modificables se encuentran el tabaco, el alcohol, el exceso de peso, la alimentación poco saludable, la inactividad física y determinadas exposiciones ambientales. Esto debería hacernos reflexionar.
El teléfono que llevamos pegado al cuerpo
Uno de los temas que más preguntas genera es la radiación emitida por los teléfonos celulares. La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), dependiente de la OMS, clasificó en 2011 los campos electromagnéticos de radiofrecuencia como “posiblemente carcinogénicos para los seres humanos” (grupo 2B).
La propia IARC señaló que la evidencia disponible era limitada y que no permitía establecer una relación causal definitiva. Esto es importante porque hay dos errores frecuentes: decir que el teléfono celular “produce cáncer” como si fuera un hecho demostrado, o decir que “no existe absolutamente ningún motivo para seguir investigando”.
La ciencia se encuentra entre ambos extremos… mientras continúan las investigaciones, podemos aplicar un principio sencillo: reducir exposiciones innecesarias cuando hacerlo no cuesta nada. Utilizar el altavoz o audífonos, evitar dormir con el teléfono pegado a la cabeza y no mantenerlo innecesariamente sobre el cuerpo son medidas prudentes si queremos disminuir nuestra exposición, no por miedo, es por sentido común.
¿Y qué ocurre con el agua?
El agua es esencial para la vida, pero no toda agua tiene necesariamente la misma composición ni la misma calidad. Aquí también debemos ser rigurosos, hablar de “agua baja en minerales” como causa de cáncer sería científicamente incorrecto, pero todos sabemos que el agua ácida, elimina minerales del cuerpo, y solo por eso, puede ser una de las cosas que coopera con desarrollar celular cancerígenas. La preocupación verdaderamente importante es garantizar que el agua sea segura desde el punto de vista microbiológico y químico, y conocer su procedencia y posibles contaminantes.
Lo que ponemos sobre nuestra piel también merece atención
Nuestra piel está en contacto permanente con el mundo exterior. El uso de jabones, champús, perfumes, protectores solares, maquillaje, desodorantes y cremas forman parte de nuestra rutina diaria.
Hace promedio de 20 años, escuché hablar por primera vez sobre el daño que producen los derivados del plástico en nuestro organismo, pero en los últimos años también ha aumentado el interés científico por los microplásticos y nanoplásticos, así como por determinadas sustancias químicas presentes en productos de consumo, pero debemos tener cuidado con las conclusiones porque el gen del cancer (de cualquier tipo), se activa o desactiva, reuniendo un conjunto de cosas que no solo es por un producto o tipo de alimento.
No podemos decir responsablemente que una crema hidratante “produce cáncer” simplemente porque pueda contener polímeros o porque se haya detectado contaminación plástica en determinados productos, es una verdad a medias porque tenemos que ver con qué frecuencia se usa, la cantidad y bajo qué condiciones físicas está la persona.
La pregunta científica correcta es otra: ¿qué sustancias estamos utilizando, en qué concentración, cuánto tiempo estamos expuestos y qué evidencia existe sobre sus efectos a largo plazo?. La respuesta no siempre es sencilla, por eso considero razonable elegir productos de fabricantes confiables, revisar sus ingredientes y evitar exposiciones innecesarias, sin convertir la vida cotidiana en una fuente permanente de miedo.
¿La comida “ácida” alimenta el cáncer?
Este es otro concepto que necesita ser aclarado. Durante años se ha popularizado la idea de que determinados alimentos “acidifican el cuerpo” y que esa acidez puede provocar cáncer. La realidad fisiológica es mucho más compleja, el organismo regula de manera estricta el pH de la sangre. Además, que un alimento tenga un carácter ácido no significa que pueda modificar de esa manera el pH sistémico.
El músculo también forma parte de la prevención
Durante años hemos pensado en el ejercicio principalmente como una herramienta para mejorar rendimiento físico, adelgazar o mejorar la apariencia, yo creo que debemos cambiar esa mentalidad.
Entrenar es invertir en salud, la actividad física regular forma parte de las recomendaciones internacionales para reducir el riesgo de numerosas enfermedades crónicas, incluido el cáncer. Mantener un peso saludable y evitar el exceso de grasa corporal también es importante. Por eso, el entrenamiento de fuerza no debería verse únicamente como una herramienta para construir músculos, es una estrategia para conservar capacidad física, independencia, masa muscular y calidad de vida. El objetivo no debería ser simplemente vivir más, debería ser, llegar a esos años con un organismo capaz de vivirlos plenamente.
No se trata de vivir con miedo
Este mensaje no pretende decirle a nadie que abandone su teléfono, que deje de utilizar cosméticos, que solamente beba agua mineral o que tenga miedo de comer determinados alimentos, tampoco pretende sustituir una consulta médica, una mamografía, una colonoscopia, una evaluación u otro método de detección recomendado.
La prevención no significa vivir obsesionados con la enfermedad, significa construir salud antes de necesitarla. Significa dejar de pensar que cuidar nuestro cuerpo es algo que comenzamos después de recibir un diagnóstico, significa entender que la detección temprana salva vidas y que, al mismo tiempo, existen factores de riesgo que podemos modificar, y por último, significa aceptar que no podemos controlar todo. Hay cánceres que aparecen incluso en personas con hábitos excelentes, hay factores genéticos que no podemos cambiar, hay exposiciones ambientales que no podemos eliminar completamente, pero eso no significa que no podamos hacer nada.
Conclusiones
Cada día tenemos una oportunidad. La oportunidad de movernos, de dormir mejor, comer mejor, mantener un peso saludable, fortalecer nuestros músculos, no fumar, limitar el alcohol, protegernos de radiaciones, de conocer nuestra historia familiar, de realizar los controles médicos correspondientes, de consultar cuando algo cambia en nuestro cuerpo, y también de hacernos preguntas sobre aquello a lo que estamos expuestos diariamente… no para vivir con miedo, sino para vivir con conciencia.
Quizás, una de las grandes equivocaciones de nuestra sociedad es esperar a que aparezca la enfermedad para comenzar a valorar la salud. El cáncer no debería recordarnos solamente a quienes están enfermos, debería recordarnos a todos los que todavía estamos sanos que vale la pena proteger esa salud, porque la prevención no comienza en el consultorio, comienza mucho antes: en la manera en que vivimos cada día, y quizás esa sea una de las decisiones más importantes que podemos tomar por nosotros mismos y por quienes amamos.
