Por José “Chino” Bujosa Mieses

Hay hombres a quienes uno recuerda por un acontecimiento, por una fotografía, por una frase o por un instante compartido. A Diomedes Mercedes lo recuerdo atravesando varias etapas de mi propia vida. Está en mis memorias de las luchas estudiantiles, en el amanecer luminoso y trágico de la Revolución de Abril, en las jornadas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en los esfuerzos posteriores por alcanzar la unidad de las fuerzas revolucionarias y, finalmente, en aquel último encuentro en que, sin saberlo, nos despedimos.

Con Diomedes me unieron profundos lazos de amistad.

Nos conocimos después de la caída de la dictadura de Trujillo, cuando una generación de jóvenes dominicanos irrumpía en las calles decidida a conquistar las libertades que durante treinta años le habían sido negadas al pueblo.

Diomedes era nativo de Bonao, procedente de una familia de tradiciones revolucionarias. Desde estudiante de secundaria participó en las luchas antitrujillistas y antibalagueristas de aquella ciudad. Era de esos jóvenes que llegaron muy temprano a la política, cuando comprometerse no significaba buscar una posición pública, sino exponerse a la persecución, la cárcel y, muchas veces, la muerte.

Ingresó en 1962 al Partido Socialista Popular (PSP), organización que posteriormente adoptaría el nombre de Partido Comunista Dominicano (PCD). Paralelamente desarrolló una intensa actividad estudiantil en el Grupo Estudiantil FRAGUA, en la Asociación de Estudiantes de la Facultad de Derecho y en la Federación de Estudiantes Dominicanos (FED).

Fue precisamente en esos escenarios donde nuestras vidas comenzaron a cruzarse.

Estábamos en organizaciones políticas diferentes, pero jamás permitimos que las diferencias partidarias destruyeran nuestra amistad. Nos separaban métodos, tácticas y militancias; nos unía, sin embargo, algo que para nosotros era superior: el sueño de transformar la sociedad dominicana, conquistar la soberanía nacional y liberar al pueblo de la explotación, la injusticia y la opresión.

Diomedes pertenecía a aquella generación que discutía apasionadamente, que podía enfrentarse políticamente durante horas y después sentarse junta a conversar como compañeros.

Así aprendimos a respetarnos.

Aquel amanecer del 25 de abril

Tengo una imagen de Diomedes que jamás se borrará de mi memoria.

Era el amanecer del 25 de abril de 1965.

La insurrección constitucionalista había comenzado el día anterior. Santo Domingo despertaba entre rumores, proclamas, movimientos de soldados y una población que todavía trataba de comprender la dimensión histórica de lo que estaba ocurriendo.

Desde el balcón del tercer piso de la casa de mi madre, en la esquina de las calles Arzobispo Nouel y Santomé, observaba el movimiento de las tropas.

De pronto apareció un automóvil Volkswagen.

Delante marchaba Diomedes Mercedes.

Llevaba un altoparlante y sostenía un fusil FAL en una de sus manos. Detrás del vehículo avanzaban soldados perfectamente formados y armados, provenientes del campamento militar 16 de Agosto, uno de los recintos que se habían sumado al levantamiento.

Diomedes anunciaba a los moradores de Ciudad Nueva y de la Zona Colonial que la revolución estaba en marcha, que aquellos soldados no venían a reprimir al pueblo, sino que formaban parte de las unidades militares sublevadas en defensa de la Constitución de 1963 y del retorno del profesor Juan Bosch al poder.

Al pasar frente a mi casa levantó la vista y me descubrió en el balcón.

Entonces me gritó:

—¿Qué tú haces ahí? ¡Ya comenzó la revolución! ¡Baja e intégrate!

Nunca he olvidado aquellas palabras.

Lo que Diomedes no sabía era que yo ya estaba comprometido con la insurrección desde que escuché, por Radio Comercial, la histórica proclama de José Francisco Peña Gómez en el programa Tribuna Democrática.

Pero su llamado terminó de encender aquella mañana.

Bajé junto a mi compañero Moisés Blanco Genao. Mi padre, que era conductor de carro público, tenía guardados varios neumáticos viejos. Tomamos tres, sacamos gasolina del automóvil del viejo y levantamos barricadas incendiarias en las intersecciones de la Arzobispo Nouel con Santomé, Sánchez y 19 de Marzo.

Mientras las llamas comenzaban a levantarse observábamos a los soldados constitucionalistas ocupar las azoteas de edificios estratégicos.

La revolución dejaba de ser una noticia transmitida por radio.

La revolución estaba en nuestras calles.

Y entre las primeras imágenes que conservo de aquel pueblo tomando en sus manos su destino está la de Diomedes Mercedes, fusil en mano, llamando a incorporarse a la lucha.

Décadas después, diversas reseñas sobre su vida lo recordarían como uno de los primeros civiles que tomó las armas en aquella insurrección popular.

El combatiente del Puente Duarte

La propia dinámica de la guerra nos llevó después a escenarios diferentes.

A Diomedes lo encontraba vinculado inicialmente al comando del PCD establecido en la zona de San Lázaro, donde actuaban importantes cuadros militares y políticos de esa organización, entre ellos Manolo González, Luis Gómez Pérez, los hermanos Isa, Justino del Orbe, Carlos Dore y otros combatientes.

Luego llegaron noticias de sus acciones en uno de los escenarios decisivos de aquellos primeros días: la batalla del Puente Duarte.

Allí estuvo en primera línea.

Aquella batalla fue decisiva. Si las fuerzas golpistas no hubiesen sido derrotadas por los constitucionalista, tras atreverse a cruzar el puente en medio de una fiera batalla, probablemente la historia de Abril habría sido otra.

Después Diomedes pasó al legendario Comando B-3, asentado en Villa Francisca, una de las posiciones de combate más importantes de la resistencia constitucionalista.

Allí alcanzó la responsabilidad de subcomandante.

El B-3 no fue simplemente una posición militar. Fue una escuela de coraje y fraternidad revolucionaria. Allí coincidieron dominicanos de distintas organizaciones junto a combatientes internacionalistas.

El comandante era Pedro Bonilla. Entre sus principales responsables estaban el poeta y revolucionario haitiano Jacques Viau Renaud, Diomedes Mercedes y otros combatientes que convirtieron aquel lugar en uno de los símbolos de la resistencia armada contra la intervención extranjera.

Los días 15 y 16 de junio de 1965, cuando las tropas de ocupación norteamericanas desataron una de sus mayores ofensivas contra la zona constitucionalista, el B-3 recibió violentos ataques de morteros y otras armas pesadas.

Una explosión alcanzó a Pedro Bonilla y a Jacques Viau.

Bonilla quedó gravemente herido. Jacques sufrió heridas devastadoras que días después le provocarían la muerte.

Muchos años más tarde, cuando trabajaba como periodista de El Nuevo Diario, entrevisté a Pedro Bonilla para reconstruir aquellos acontecimientos.

En aquella conversación me reveló un episodio que, para mí, retrata como pocos la personalidad de Diomedes Mercedes.

Al quedar Bonilla imposibilitado de continuar dirigiendo el comando y encontrarse mortalmente herido Jacques Viau, por la estructura militar correspondía a Diomedes asumir la jefatura del B-3.

Sin embargo, la dirección del 14 de Junio recomendó que la comandancia fuera asumida por Norge Botello, debido, entre otras razones, a la composición mayoritaria de los combatientes de aquella organización dentro del comando.

Bonilla temió que Diomedes pudiera sentirse desplazado.

Lo llamó.

Le explicó la situación.

Diomedes escuchó.

Y aceptó.

Sin protestas.

Sin reclamar jerarquías.

Sin anteponer el orgullo personal.

Bonilla me explicó que Diomedes comprendió que, en aquellas circunstancias, lo importante no era quién llevara el título de comandante, sino conservar la unidad de aquella fuerza combatiente.

Ese testimonio ha quedado también registrado en la reconstrucción histórica de aquellos acontecimientos.

Para mí, ese gesto resume al hombre.

Diomedes podía ser valiente con un fusil en las manos, pero también era capaz de una valentía más difícil: renunciar al mando cuando entendía que la unidad de sus compañeros estaba por encima de su persona.

Ese era Diomedes Mercedes.

“Testimonios de un Combatiente de Abril”: su propia voz ante la historia

Pero Diomedes no quiso que su participación en aquella epopeya permaneciera solamente en el recuerdo de quienes estuvimos allí.

Consciente del valor de la memoria histórica, dejó escrito un pequeño folleto que lleva un título tan sencillo como elocuente:

Testimonios de un Combatiente de Abril

Ese folleto tiene una significación especial.

No es la mirada de un historiador que llegó después a reconstruir los acontecimientos.

No es la interpretación de un investigador frente a documentos acumulados en los archivos.

Es la voz de uno de los hombres que estuvo allí.

La palabra del combatiente.

La memoria de quien sintió el estruendo de los disparos, recorrió las calles de una ciudad insurrecta, defendió el Puente Duarte, asumió responsabilidades en el B-3 y contempló de cerca el sacrificio de sus compañeros.

Diomedes comprendió algo que con el paso de los años se vuelve cada vez más importante: los protagonistas tienen también la obligación de testimoniar.

Porque cuando los protagonistas desaparecen sin escribir, una parte de la historia se marcha con ellos.

Por eso aquel pequeño folleto adquiere una dimensión que supera su tamaño material.

Es un pedazo de Abril contado por quien lo vivió.

Es la prolongación escrita del combatiente.

Es Diomedes hablándoles a las nuevas generaciones y diciéndoles, desde sus propias vivencias:

Yo estuve allí.

Yo combatí.

Yo fui testigo.

Yo formé parte de aquella epopeya.

Ese testimonio escrito constituye también parte de su legado y merece ser preservado junto a los demás relatos de quienes participaron directamente en la Revolución Constitucionalista.

Diomedes no solo empuñó el fusil en Abril.

Años después empuñó también la palabra para defender su memoria.

El 9 de febrero de 1966

Terminada formalmente la guerra, ninguno de nosotros regresó realmente a la tranquilidad.

La Revolución de Abril había terminado militarmente, pero sus grandes demandas permanecían pendientes.

Nos volvimos a encontrar en las luchas estudiantiles de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

El 9 de febrero de 1966 estuvimos nuevamente en las calles.

Estudiantes, profesores y ciudadanos marchamos hacia el Palacio Nacional para exigir al gobierno provisional de Héctor García Godoy la entrega de los recursos presupuestarios retenidos a la UASD y el respeto a las autoridades surgidas del Movimiento Renovador Universitario.

También reclamábamos la salida definitiva de las tropas extranjeras que todavía permanecían en territorio dominicano.

La respuesta fue la represión.

Las tropas dispararon contra los estudiantes.

Hubo muertos y heridos.

Aquel día quedó inscrito en la historia como una de las grandes tragedias del movimiento estudiantil dominicano de la posguerra.

Y nuevamente allí estaba Diomedes.

En primera línea.

Porque para él la Revolución de Abril no había sido una aventura de armas. Era parte de una concepción de la vida, de un compromiso permanente con el país.

Del revolucionario al hombre de unidad

Con los años nuestras militancias partidarias fueron cambiando.

Diomedes se alejó del PCD. A principios de los años setenta acompañó a Juan Bosch en la fundación del Partido de la Liberación Dominicana, creado el 15 de diciembre de 1973. Años después también se apartaría de esa organización.

Pero una cosa nunca cambió:

Diomedes siguió siendo un hombre de izquierda y un revolucionario dominicano.

Podía cambiar de instrumento político, podía revisar concepciones y podía reconocer errores, pero nunca abandonó su preocupación por la suerte del pueblo.

La falsa acusación por el asesinato de Orlando Martínez

En medio de aquella trayectoria política, Diomedes tendría que atravesar uno de los episodios más dolorosos e injustos de su vida.

El 17 de marzo de 1975 fue asesinado el periodista Orlando Martínez Howley, uno de los crímenes políticos que mayor conmoción provocaron en la sociedad dominicana de aquellos años.

En el curso de las primeras investigaciones, la Policía Nacional intentó vincular con aquel crimen a Diomedes Mercedes, Melvin Mañón y Rafael “Cheché” Luna.

Fueron apresados.

Sobre ellos cayó durante meses el peso terrible de una acusación que resultaría falsa.

Melvin Mañón, compañero de aquella prisión, dejó posteriormente un testimonio particularmente revelador. Recordó que los tres fueron acusados por la Policía y que permanecieron encarcelados cuatro meses y seis días. También relató un episodio que permite conocer nuevamente el temple de Diomedes.

Cuando comenzó a plantearse la posibilidad de que fueran puestos en libertad bajo fianza, Diomedes se opuso.

No quería una libertad condicionada que pudiera dejar flotando sobre ellos la sospecha de haber tenido alguna participación en el crimen.

Reclamaba que su inocencia quedara establecida.

Según el testimonio posterior de Mañón, Diomedes sostuvo que debían salir mediante un auto de No Ha Lugar, porque eso era lo que correspondía a quienes consideraban completamente ajenos al asesinato.

Aquella actitud impresionó profundamente a su compañero de prisión.

Era otra expresión de la personalidad que yo conocí: un hombre que podía soportar las consecuencias de sus convicciones, pero que no estaba dispuesto a negociar aquello que entendía relacionado con su dignidad.

Finalmente fueron puestos en libertad el 6 de agosto de 1975. Mañón recordaría años después que el auto formal de No Ha Lugar se produjo en abril de 1997. La documentación histórica disponible confirma asimismo que, después de la liberación de Mercedes, Mañón y Luna, la investigación sobre el asesinato de Orlando Martínez siguió otros caminos.

El tiempo terminaría demostrando que el crimen debía buscarse en otras direcciones. Décadas después, otras personas fueron procesadas y condenadas judicialmente por el asesinato del periodista.

Para Diomedes quedó aquella experiencia amarga.

Había combatido en Abril.

Había defendido la soberanía nacional.

Había participado en las luchas estudiantiles.

Y ahora tenía que defender también su propio nombre frente a una acusación que él y sus compañeros rechazaban categóricamente.

Salió de la cárcel sin renunciar a su dignidad.

Y continuó luchando.

El hombre que seguía buscando la unidad

Lo recuerdo especialmente en uno de sus últimos grandes intentos por alcanzar algo que durante décadas había sido una aspiración frustrada de la izquierda dominicana: la unidad.

Me llamó un día para hablarme de un proyecto que estaba impulsando.

Se llamaba Torrente Patriótico.

Quería reunir revolucionarios provenientes de organizaciones diferentes, antiguos combatientes, dirigentes sociales, intelectuales, profesionales y ciudadanos que conservaran una vocación transformadora, aunque ya no pertenecieran a los viejos partidos.

Acepté acompañarlo.

Torrente Patriótico levantó como una de sus referencias el pensamiento de Juan Pablo Duarte y adoptó la consigna:

“La Patria es el Pueblo”.

A mediados de 2005 realizamos importantes encuentros unitarios. Cientos de hombres y mujeres provenientes de diferentes experiencias políticas suscribieron un compromiso de honor para trabajar juntos por la recuperación de la soberanía nacional, la justicia social y una transformación profunda de la sociedad dominicana.

El propio Diomedes escribió públicamente sobre aquella iniciativa y sobre la necesidad de convertir la debilidad individual en fuerza mediante la solidaridad colectiva.

Fue un momento hermoso.

Esperanzador.

Parecía posible superar décadas de divisiones, resentimientos, pequeños liderazgos y fragmentaciones.

Pero nuevamente la vieja enfermedad de la izquierda dominicana se hizo presente.

El proyecto no pudo consolidarse.

Torrente Patriótico terminó desapareciendo.

Diomedes no se rindió.

Volvió a intentar otra iniciativa unitaria.

Y volvió a invertir tiempo, energías y recursos personales en aquella empresa casi imposible de reunir a quienes compartían ideales semejantes pero habían permanecido durante décadas separados por siglas, historias y agravios.

Muchas veces participé en aquellas reuniones.

Para entonces Diomedes había logrado éxito en actividades empresariales y gozaba de una situación económica muy distinta a la del joven combatiente de 1965. Sin embargo, nunca utilizó ese progreso para renegar de su pasado.

Al contrario.

Buena parte de sus recursos los colocaba al servicio de sus proyectos políticos y sociales.

No buscaba cargos.

No pedía recompensas.

No pasó facturas por sus sacrificios.

Y jamás convirtió su condición de combatiente de Abril en moneda para obtener privilegios.

El hombre que seguía soñando

Conversar con Diomedes era regresar muchas veces a nuestra juventud.

Nos hablaba de Cuba, de sus vínculos con la Revolución Cubana y de episodios y encuentros de aquellos años que conservaba cuidadosamente en su memoria.

Recordaba sus experiencias con dirigentes revolucionarios latinoamericanos y nos relataba historias relacionadas con Ernesto Che Guevara, a quien evocaba con admiración.

Pero Diomedes no se quedó viviendo únicamente del pasado.

Le preocupaba el presente.

Le preocupaban la corrupción, la pobreza, la degradación política, la educación, el medio ambiente y el debilitamiento de los valores ciudadanos.

Hasta sus últimos días continuó escribiendo.

Mantuvo una columna semanal en el periódico El Día, donde reflexionaba sobre política, sociedad, cultura, economía y los nuevos desafíos de la izquierda.

Cuando murió trabajaba en un libro que no alcanzó a concluir.

Era abogado.

Se había graduado con honores de Doctor en Derecho en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Pero su principal título no estaba colgado en ninguna pared.

Se lo había otorgado la vida.

Era combatiente de Abril.

Era hombre de principios.

Era revolucionario.

Y había comprendido también que la memoria constituía otra forma de lucha.

Por eso aquel pequeño Testimonios de un Combatiente de Abril adquiere hoy, después de su muerte, un significado todavía mayor.

Diomedes sabía que algún día los fusiles callarían.

Que los combatientes envejecerían.

Que muchos partirían.

Pero mientras quedaran sus testimonios, Abril podría seguir hablando.

El amigo

También existía, detrás del dirigente político, el hombre familiar.

En su juventud contrajo matrimonio con Gilda Contreras Pérez, con quien procreó a sus hijos Áyax y Alejandro. Con el mismo cariño paternal acogió y crio a Darío.

Quienes lo conocimos de cerca sabemos que detrás de aquel hombre de apariencia recia había una persona profundamente afectuosa.

El doctor Ramón Antonio “Negro” Veras, compañero suyo desde los tiempos del Partido Socialista Popular, lo definió después de su muerte como un hombre extraordinariamente valiente y solidario, de trato cálido y afectuoso.

Esa apreciación coincide plenamente con el Diomedes que yo conocí.

Yo agregaría otras palabras:

leal, desprendido, fraterno y humano.

En política podía ser firme.

En la amistad era generoso.

La última fotografía

La última vez que vi a Diomedes fue en un acto de solidaridad con la Revolución Cubana, celebrado en el Alma Máter de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Estuvimos conversando.

Como tantas otras veces.

Recordando compañeros.

Recordando luchas.

Hablando seguramente de esa patria que nosotros, desde jóvenes, soñábamos diferente.

Antes de separarnos le tomé una fotografía.

No podía imaginar que aquella imagen se convertiría en la última que yo conservaría de él.

Días después recibí la noticia.

Diomedes Mercedes había muerto.

El 9 de noviembre de 2016, a los 73 años, sufrió una caída accidental en el patio de su residencia en el ensanche Naco.

Su muerte fue inesperada.

Cuando me enteré sentí que algo de nuestra generación se marchaba con él.

Me partió el alma.

Porque no había muerto solamente un antiguo dirigente político.

Había muerto uno de aquellos muchachos que, cuando la patria estuvo en peligro, no preguntó qué podía recibir de ella, sino qué podía hacer para defenderla.

Había muerto aquel joven que vi pasar frente a mi casa en la madrugada del 25 de abril de 1965, fusil en mano, anunciando por un altoparlante:

¡La revolución está en marcha!

Había muerto el subcomandante del B-3.

El combatiente del Puente Duarte.

El dirigente estudiantil.

El hombre que pudo reclamar una comandancia y prefirió preservar la unidad.

El hombre que conoció también la injusticia de la prisión y de una acusación que el tiempo desmontaría.

El combatiente que comprendió la importancia de dejar a las futuras generaciones sus Testimonios de un Combatiente de Abril.

El revolucionario que, décadas después de haber empuñado las armas, todavía continuaba buscando la manera de unir a los dispersos.

El amigo.

Mi amigo.

Diomedes no se fue del todo

Algunas veces he pensado en aquella escena de nuestro primer gran encuentro durante Abril.

Yo estaba en el balcón.

Él iba por la calle.

Me vio y me gritó:

—¿Qué tú haces ahí? ¡Baja, que ya comenzó la revolución!

Han transcurrido muchas décadas.

Muchos de aquellos hombres ya no están.

Otros seguimos caminando con sus nombres en la memoria.

Y todavía me parece escuchar a Diomedes llamándonos desde aquel Volkswagen, atravesando las calles de una ciudad que despertaba a la insurrección.

Porque hombres como él nunca terminan de marcharse.

Permanecen en los lugares donde combatieron.

En las calles que defendieron.

En las ideas por las que lucharon.

En la memoria de los compañeros.

En las fotografías amarillentas.

Y ahora también en las páginas de aquel pequeño folleto donde decidió dejar para la historia su palabra de combatiente.

En Testimonios de un Combatiente de Abril, Diomedes permanece contando.

Permanece recordando.

Permanece dando testimonio.

Como si hubiera comprendido que algún día nosotros también faltaríamos y que serían las palabras escritas las encargadas de mantener abiertas las puertas de la memoria.

Permanecen, además, hombres como él en la historia de una generación que tuvo virtudes y errores, victorias y derrotas, pero que fue capaz de entregar su juventud por una causa que consideraba justa.

Por eso, cuando recuerdo a Diomedes Mercedes, no lo veo vencido por los años ni sorprendido por aquella muerte accidental.

Lo veo joven.

Lo veo de pie.

Lo veo armado.

Lo veo atravesando Ciudad Nueva aquella mañana del 25 de abril de 1965.

Y vuelvo a escuchar su voz:

—¡Baja, que ya comenzó la revolución!

Esa es la imagen de Diomedes que quiero conservar.

La del revolucionario que nunca dejó de llamar a los demás a incorporarse.

Primero, a la Revolución de Abril.

Después, a la defensa de la soberanía.

Más tarde, a la lucha estudiantil.

Y finalmente, a la difícil tarea de construir la unidad.

Diomedes Mercedes fue uno de esos hijos de la patria que jamás preguntaron cuánto podía darles el país. Pasó su vida preguntándose cuánto más podía darle él a la patria.

Y dejó además su testimonio para que, cuando ya no estuviera entre nosotros, su voz siguiera narrando una parte de aquella extraordinaria epopeya.

Por eso, mientras exista memoria histórica, mientras Abril siga hablando a las nuevas generaciones y mientras haya dominicanos dispuestos a defender la soberanía, la justicia y la dignidad nacional, Diomedes Mercedes seguirá marchando con nosotros.

Ver menos

Maricela Vargas

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Un amigo de la vida entera porque era de bonao