Alejandro Santos

Abinader sigue la misma ruta de Leonel y Danilo

Por: Alejandro Santos

Resulta que Abinader asumió la presidencia del PRM, imitando o coincidiendo con Leonel y Danilo, quienes igualmente se hicieron presidentes de sus respectivas organizaciones políticas. Aunque las circunstancias sean distintas, los tres coinciden en ocupar la dirección de los partidos sobre los cuales ejercen su liderazgo.

Ostentar la posición de dirigir su partido tiene una connotación que va más allá del cargo. Permite preservar la vigencia política, influir en las decisiones internas y disponer de una estructura de respaldo cuando ya no se esté al frente del Gobierno.Desde esa perspectiva, la dirección partidaria también puede interpretarse como un escudo de protección política frente a posibles cuestionamientos y eventuales procesos de persecución judicial.

El partido ofrece una estructura desde la cual defender la gestión pasada y conservar capacidad de presión y negociación.

Por supuesto, también la herencia caudillista resurge como una práctica que parece insuperable en el ámbito político dominicano. Persiste la resistencia a compartir el poder y permitir que otros construyan un liderazgo propio.

En la lógica del caudillismo, el dirigente se resiste a ceder su poder y su capital político. Puede apoyar el ascenso de otros dentro de su partido, siempre que ese crecimiento no amenace su predominio.

Ese egoísmo político termina subordinando el futuro de la organización a la permanencia de una persona.

Abinader anunció que no utilizará la presidencia del PRM para imponer un sucesor y que garantizará una competencia interna imparcial. Sus palabras comprometen una actuación que deberá respetar las decisiones de los organismos y la voluntad de los militantes, incluso cuando no coincidan con sus preferencias.

La neutralidad, por sí sola, no constituye una expresión de caudillismo. Pero puede encubrir una resistencia al ascenso de nuevos liderazgos cuando, en su nombre, se impide que otros dirigentes obtengan un respaldo amplio de las estructuras de la organización.

La preocupación aparece cuando quien se declara neutral conserva una autoridad tan determinante que los aspirantes continúan dependiendo de su aprobación. Puede haber competencia por la candidatura mientras el liderazgo del partido permanece reservado a una sola figura.

A esto se agrega otra práctica que se repite: se crean normas para despertar confianza y luego se modifican o eliminan para adaptarlas a la conveniencia del momento.

En julio, el PRM modificó sus estatutos para permitir que el primer vicepresidente asumiera las funciones ejecutivas, mientras el presidente del partido se concentraría en la conducción política. Esa reorganización se produjo cuando ya se contemplaba que Abinader encabezara la organización.

Además, el período de dos años previsto inicialmente para las nuevas autoridades fue ampliado a cuatro para la dirección nacional elegida en agosto. De esa manera, Abinader quedó escogido para dirigir el PRM hasta 2030, dos años después de concluir su mandato presidencial.

Cabe preguntarse qué confianza pueden despertar unas reglas cuya duración cambia en tan poco tiempo. Los acuerdos entre dirigentes pueden resolver una dificultad del momento, pero también dejan dudas sobre la firmeza de los compromisos institucionales.

Hace bien al país tener partidos fuertes y confiables, con dirigentes que hagan verdaderos aportes a la estabilidad democrática. Sin embargo, la confianza se debilita cuando los discursos y postulados no se corresponden con las prácticas de quienes conducen esas organizaciones.

El desgaste de los partidos debe asumirse con mayor responsabilidad y vocación de servicio a los intereses colectivos.

Mantenerlos unidos alrededor de un dirigente puede asegurar una estabilidad temporal, pero deja pendiente la tarea de formar nuevos liderazgos y permitirles crecer con autonomía.

Abinader transita un camino recorrido por Leonel y Danilo al asumir la dirección de su partido. Se espera que sus palabras se cumplan y que el PRM fortalezca su vida democrática, respete sus reglas y dé espacio a la renovación.

Proponerse ser diferente exige demostrarlo en la práctica.

Que no sea una repetición de la misma historia.