Por Bernabé Lagrul
Fundador y CEO de BL Performance Wellness Center/Autor del libro “Metodo Lagrule”
Cada año cuando llega el Día de los Padres, las redes sociales se llenan de fotografías, felicitaciones y frases inspiradoras. Celebramos al proveedor, al protector, al hombre fuerte que siempre parece tener la respuesta correcto, pero pocas veces nos detenemos a mirar al ser humano que existe detrás de ese papel.
¿Quién cuida al hombre que ha dedicado gran parte de su vida a cuidar de los demás?
Durante más de dos décadas trabajando en el mundo de la salud y el entrenamiento, he conocido a cientos de hombres. Muchos llegan diciendo que quieren bajar de peso, ganar masa muscular o controlar una enfermedad. Sin embargo, después de unos minutos de conversación, descubro que el verdadero peso que cargan no está en su cuerpo, sino en su corazón.
Llevan sobre sus hombros el estrés de sostener una familia, la presión económica, el miedo a no ser suficientes, la culpa por el tiempo que no pudieron dedicar a sus hijos y, muchas veces, el dolor silencioso de una infancia que nunca lograron sanar.
A los hombres de mi generación nos enseñaron que llorar era sinónimo de debilidad, que debíamos resolverlo todo solos y que el valor de un padre se medía por lo que era capaz de proveer. Pero con el paso del tiempo he comprendido que ser padre nunca ha sido solo llevar dinero a la casa.
Ser padre es estar presente… escuchar sin juzgar, es abrazar cuando las palabras no alcanzan, es pedir perdón cuando nos equivocamos, y enseñar con el ejemplo mucho más que con los discursos.

Hoy quiero abrirles una parte muy personal de mi historia.
Nací en manos de mi abuela materna, crecí con muy poca presencia de mi padre, por primera vez, lo vi junto a mi madre cuando cumplí mis 7 años… toqué fondo a temprana edad cuando vi que dio la espalda a la familia cuando apenas yo tenía 9 años.
Eramos 6 hijos (dos varones y 4 hembras), así que, hace muchos años tomé una decisión que cambió mi vida: perdonarlo… no porque estuviera de acuerdo con lo que ocurrió, no porque el dolor desapareciera de un día para otro; lo hice porque entendí que no soy quién para juzgar la historia que él vivió ni las batallas que enfrentó. Descubrí que el resentimiento termina encarcelando a quien lo guarda y que el perdón libera mucho más al que perdona que al perdonado.
Pero ese perdón vino acompañado de una promesa: Prometí que la historia no terminaría conmigo, decidí romper el patrón. Mis dos hijos han tenido un padre presente (no perfecto), porque la perfección no existe, pero sí un padre que ha procurado estar en los momentos importantes, corregir con amor, abrazar, escuchar y acompañar.
Y la vida también me regaló otro privilegio: convertirme, en muchos momentos, en una figura paterna para parte de mis herman@s y sobrin@s. Comprendí que ser papá no siempre depende de la sangre; muchas veces depende de la presencia, del ejemplo, de la protección y del amor que decidimos ofrecer.
Fue entonces cuando entendí una de las lecciones más importantes de mi vida y es que nuestro pasado puede explicar quiénes somos, pero nunca debe convertirse en la excusa para definir quiénes seremos.
Quizás por eso insisto tanto en que los hombres cuiden su salud. Cada vez vemos más padres afectados por obesidad, bajos niveles de testosterona, diabetes, hipertensión, ansiedad, agotamiento y enfermedades que pudieron prevenirse. Muchos posponen sus chequeos médicos porque dicen que no tienen tiempo. Otros abandonan el ejercicio porque creen que primero están las responsabilidades.
Pero olvidan una verdad sencilla: La familia necesita un padre presente, no solo un padre trabajador, entrenar no es un acto de vanidad, es una decisión de amor, alimentarse mejor no es una moda, es una inversión para poder disfrutar más cumpleaños, más graduaciones, más conversaciones y más abrazos. Dormir bien, manejar el estrés y cuidar la salud mental también forman parte de ser un buen padre.
Los hijos no necesitan un padre perfecto, necesitan un padre disponible. Un hombre que les enseñe que la verdadera fortaleza no consiste en esconder las emociones, sino en tener el valor de enfrentarlas.
También quiero dedicar unas palabras a quienes este Día de los Padres lo vivirán con nostalgia porque ya no tienen a su papá cerca. El amor verdadero no desaparece con la ausencia, permanece en los valores recibidos, en las enseñanzas compartidas y en cada decisión correcta que seguimos tomando gracias al ejemplo que un día nos dejaron.
Y si eres padre y sientes que has cometido errores, recuerda esto: mientras haya vida, todavía existe la oportunidad de pedir perdón, de reconstruir una relación, de hacer una llamada pendiente o de dar ese abrazo que has pospuesto durante demasiado tiempo. Nunca es tarde para convertirse en el padre que un hijo necesita.
En este Día de los Padres, más que regalar una corbata, un reloj o un perfume, regalemos tiempo, una conversación sin distracciones. Regalemos un abrazo sincero, y digamos “gracias” mientras todavía pueda escucharse.
Y si eres padre, hazte también un regalo a ti mismo: el compromiso de cuidar tu cuerpo, tu mente y tu espíritu. Porque la mejor herencia que puedes dejarles a tus hijos no es una cuenta bancaria, sino el privilegio de haber compartido la vida contigo.
No elegimos la historia con la que nacemos, pero sí el legado que decidimos dejar.
