Por Isidoro Santana
Con una deuda pública que supera los 40 billones de dólares y creciendo vertiginosamente, todo el mundo está preocupado por la deuda norteamericana. Tanto es así, que el rendimiento de sus bonos soberanos ha alcanzado cotas que no se conocían en la época moderna para un país con requerimientos financieros de esa magnitud, y el propio Secretario del Tesoro vive haciendo malabares para conseguir compradores sin tener que pagar más.
Aunque prima la inquietud sobre la sostenibilidad de esa deuda, los que manejan los capitales siguen comprando dichos bonos, confiados en que EE. UU. nunca dejará de pagarlos, pero con una condición: hay que darles un rendimiento mayor.
La situación se complica en el contexto actual por varias razones. Una es que hay un gran demandante de capitales con el cual ahora hay que competir: los bonos y acciones de las empresas de inteligencia artificial, que están supuestas a ser muy rentables y sostenibles. Aunque muchos analistas dudan de ello, porque piensan que se trata de una burbuja especulativa, pues nada está demostrado, la realidad es que el dinero se sigue moviendo hacia ellas, incluso a largo plazo.
Lo segundo es que los tradicionales compradores de Bonos del Tesoro (los fondos soberanos de Asia, Medio Oriente y Europa) ahora tienen menos dinero. Es más, en vez de compradores ahora son ellos los que tienen que vender, debido a la necesidad de conciliar sus requerimientos normales de gasto social, los subsidios a combustibles y otros bienes cuyos costos han subido por la guerra, y por las exigencias de gastos militares que les hace el propio Estados Unidos. Sus tasas de interés también están subiendo.
Y, en tercer lugar, porque la confianza mundial en la política norteamericana se deteriora rápidamente, debido al uso abusivo de su poder financiero para imponer sanciones y repartir amenazas catastróficas. Aun aquellos que, por amistad o por seguir confiando ciegamente en la solidez de esa deuda, si ven que el valor de los bonos baja mucho, estarán obligados a salir de ellos porque su principal responsabilidad es proteger las reservas de sus países, fondos de pensiones o de quienes les han confiado la administración de sus capitales.
No es que la situación actual de endeudamiento norteamericano sea única en el mundo (Japón y algunos europeos tienen deudas mayores en proporción a su PIB), ni que nunca se haya dado en la historia (después de la Segunda Guerra Mundial tenía un coeficiente de deuda altísimo), pero es muy distinto el manejo de una deuda de un imperio en construcción que de uno declinante.
Además, eventualmente podría superar la situación sin tener que pagar la deuda: podría licuarla, hacer que pierda su valor provocando persistente inflación y tasas reales negativas. Pero eso es resolver un problema creando otro mayor, ocasionando más desequilibrio social, inestabilidad política y acelerando la caída del imperio.
Ahora bien, fuera de que el gobierno norteamericano pueda seguir vendiendo sus bonos y que los tenedores más osados siempre se aprovechen de los altos rendimientos porque confían en que siempre podrá poner la maquinita a funcionar, los economistas más centrados en lo académico que en la especulación financiera tenemos que pensar en otras cosas: cómo afectará a la gente, tanto de EUA como de otros países.
Primero, a nivel interno de los EE. UU., las altas tasas de interés provocan un efecto en cascada hacia el mercado hipotecario, créditos estudiantiles, préstamos de vehículos y tarjetas de crédito. Los hogares de clase media verán lo difícil que es acceder a la vivienda, y los que ya la tienen verán cómo la cuota mensual absorbe una porción creciente de sus ingresos, teniendo que elegir entre pagar la casa, el supermercado, la educación o las medicinas o retrasarse con las tarjetas.
Segundo, casi todos los bancos tienen grandes inversiones en Bonos del Tesoro, pero si requirieran venderlos verán como ha bajado el valor de sus inversiones, pudiendo provocar que muchos caigan en insolvencia e incluso provocar crisis financieras.
Tercero, eleva el costo de la deuda y del endeudamiento para los países como el nuestro, que tienen que financiarse en dólares, pudiendo algunos caer en insolvencia fiscal.
Cuarto, mientras la única forma de resolver el problema es eliminando el déficit fiscal estadounidense, las altas tasas de interés lo que hacen es aumentarlo y, con ello, la deuda futura, haciendo más compleja cualquier solución.
Con la creciente polarización social, para los Estados Unidos eso se ha convertido en una tarea poco menos que imposible. Todos los que hemos conocido y sufrido los programas de ajuste del FMI sabemos lo que hay que hacer para eliminar o aminorar un déficit fiscal: aumentar impuestos o bajar gastos. Pero el FMI fue inventado para ajustar otros países, no a los EE. UU.
Aumentar impuestos va a ser cada vez más difícil, pues, desde la época de Reagan, los millonarios estadounidenses se las han ingeniado para casi no pagar impuestos. El propio ISR, antes muy progresivo, ahora recae esencialmente en los asalariados y la clase media.
Para reafirmar su negativa a financiar al fisco, los multimillonarios cambiaron la política norteamericana, pasando a ser ellos mismos quienes dirijan los poderes públicos, cooptando a los partidos, legisladores y gobernantes. Para ello se aprobó la Bipartisan Campaign Reform de 2002, que permite que las corporaciones gasten ilimitadamente dinero en campaña. No que entreguen dinero a los candidatos o partidos, sino que ellas mismas hagan la campaña.
De modo que la alternativa tendría que venir por los gastos. Pero he aquí que hay un problema: si bien el presupuesto del Gobierno Federal, ascendente a alrededor de seis billones de dólares, contiene múltiples partidas, casi todo se va en tres componentes: primero, los programas asociados a la seguridad social (pensiones, seguros de salud, beneficios de asistencia social y alimenticia), los cuales aumentan con el envejecimiento demográfico; segundo, gastos militares, los cuales aumentan con el declive imperial, y tercero, los intereses de la deuda, los cuales aumentan con la deuda misma.
Cualquier otra partida de gastos es casi cosmética, pues los principales gastos en educación, transporte, policía, justicia, etc. los asumen otros gobiernos, es decir, los estados, condados y municipios, mientras la deuda es federal.
