Segunda parte

Por: Alejandro Santos

Sin ninguna duda estamos ante el rompimiento del orden mundial conocido. Entramos en un mundo lleno de caos y desorden, donde la cooperación y la diplomacia ceden el paso a los enfrentamientos bélicos, muchas veces sin que previamente medie un proceso serio de búsqueda de soluciones por la vía del diálogo.

La globalización, que durante varias décadas fue presentada como el camino inevitable hacia una mayor integración económica y cooperación entre los países, comienza a mostrar signos evidentes de agotamiento.

Las cadenas de suministro globales han sido cuestionadas, los Estados buscan recuperar el control de sectores estratégicos de sus economías y resurgen políticas proteccionistas que priorizan los intereses nacionales sobre la apertura comercial irrestricta. Este proceso refleja un cambio profundo en la lógica del sistema internacional, donde la interdependencia económica ya no garantiza estabilidad ni cooperación.

Increíblemente, países aliados de Europa con Estados Unidos y Canadá ahora se ven amenazados por una nueva forma de confrontación: la guerra de los aranceles. A esto se suma la desestabilización de la zona euroasiática provocada por la guerra entre Rusia y Ucrania, que ha reconfigurado el equilibrio estratégico de esa región.

Europa enfrenta en su propio entorno las repercusiones de este conflicto, no solo en términos geopolíticos, sino también energéticos y financieros. Las tensiones con Rusia y las amenazas de expansión del conflicto generan una constante incertidumbre sobre la estabilidad del continente.

Algo similar ocurre con la situación en Irán. Las repercusiones del conflicto en esa región se reflejan inmediatamente en los precios de los combustibles, debido a la posición estratégica del estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del petróleo del Medio Oriente. La concentración de fuerzas militares en torno a ese punto estratégico mantiene en vilo a los mercados energéticos mundiales.

Vivimos en un escenario cada vez más multipolar. La correlación de fuerzas en el dominio económico se ha transformado profundamente y, ante la pérdida relativa de protagonismo económico de algunas potencias, la disputa se traslada ahora al terreno militar y económico como mecanismo para imponer control y dominio.

Mientras el mundo se vuelve más convulso, también cambia la postura frente al armamentismo. Ha resurgido entre los países más poderosos un renovado afán de prepararse para la guerra. Este fenómeno resulta particularmente visible en varios países europeos que, durante décadas, redujeron su capacidad militar al amparo de la protección estratégica de Estados Unidos.

El mundo unipolar que surgió tras la caída del bloque socialista comenzó a desvanecerse con la irrupción de China como una nueva potencia económica y militar de alcance global.

La expansión económica de China ha creado una rivalidad cada vez más marcada con Estados Unidos, que hoy se consolida como uno de los ejes centrales de la nueva disputa global. No se trata únicamente de una competencia comercial o económica, sino de una confrontación más amplia por la supremacía tecnológica, industrial y estratégica.

El proceso de apertura económica impulsado por China, combinado con la preservación de su régimen político socialista, creó un modelo singular que ofrecía estabilidad y seguridad a las inversiones provenientes de Estados Unidos y de muchas otras partes del mundo. Esta combinación le permitió a China obtener una enorme ventaja comparativa hasta convertirse en una de las principales potencias económicas del planeta.

La carrera por el liderazgo en áreas como la inteligencia artificial, los semiconductores, las telecomunicaciones y la innovación científica se convierte en un nuevo campo de batalla entre las grandes potencias. En este contexto también reaparece con fuerza el nacionalismo económico, donde los Estados buscan fortalecer su autonomía tecnológica y productiva, marcando así una nueva etapa de competencia en el sistema internacional.

Mientras tanto, Estados Unidos fue entrando progresivamente en un proceso de desindustrialización que debilitó su papel protagónico en amplios sectores de la economía mundial.

En consecuencia, la incidencia de Estados Unidos en diversas áreas del dominio económico global comenzó a disminuir de manera gradual. Su capacidad de influencia en el escenario internacional se ha ido reduciendo frente al ascenso de nuevas potencias que hoy disputan espacios de poder. De esta manera, el sistema internacional que durante décadas estuvo dominado por una sola potencia comienza a transformarse en un escenario más competitivo, incierto y beligerante , donde las disputas por la hegemonía económica, tecnológica y militar marcarán el rumbo del nuevo orden mundial.

El mundo no está entrando en un nuevo orden estable, sino en una etapa de transición donde la competencia entre potencias definirá el equilibrio global de las próximas décadas.