Por Fernando Rodríguez
La corrupción es inherente al sistema político de la democracia representativa, y algunos llegan más lejos al considerar que es parte de la naturaleza humana. En nuestro país, desde los tiempos del descubrimiento y conquista de parte de España, hemos sufrido ese flagelo y si analizamos el fenómeno desde la creación misma de la República, nos encontramos con ese lastimoso problema que tanto daño ha ocasionado al desarrollo del país y al adecentamiento de la sociedad.
Lo peor de la corrupción es que se mantiene a expensa de los fondos públicos impidiendo que estos sean debidamente administrados para el bien común y por ello vemos cómo los estamentos más humildes de la sociedad siguen viviendo en la miseria mientras, desde el sector oficial, se pregona un constante crecimiento económico que nunca llega a ellos, salvo algunas migajas, de los planes sociales del gobierno.
El presidente Luis Abinader quien, contrario a otros gobernantes, ha visto disminuir su fortuna personal en los cinco años que lleva al frente del Estado, está empeñado en el adecentamiento de la administración pública y ha demostrado su intolerancia a cualquier acto doloso que pueda cometer cualquier funcionario o allegado a su persona. Lástima que sus antecesores inmediatos en el poder, no hicieran los mismo.
