Cometió la insensatez de empeñar su destino a los Estados Unidos, en cuyas manos puso su seguridad y su política exterior a cambio de apoyarlo en sus guerras y sus agresiones a otros países.

Por Isidoro Santana

En febrero pasado publiqué un artículo con este título sin tener en mente publicar después una segunda o tercera parte. Pero la evolución de los acontecimientos me induce a continuar con el tema.

En aquella ocasión me concentré en cómo la política estadounidense viene erosionando la industria europea para quitarse de encima un formidable competidor en industrias básicas.

Ahora, viendo el continuo atropello a que el gobierno de Trump somete a Europa y cómo la mediocridad del liderazgo europeo le impide reaccionar, viene condenando a ese continente a la irrelevancia política y, a la postre, al empobrecimiento económico, vuelvo sobre el tema, enfocando más los aspectos geopolíticos.

Hay dos países grandes en el mundo que geográficamente tienen un pie en Europa y el otro pie en Asia. Son Rusia y Turquía, que históricamente han mirado hacia oriente u occidente dependiendo de hacia dónde soplen los vientos.

A partir de la Revolución Industrial comprendieron que su lugar en el mundo correspondía a Europa, a la que veían como foco de civilización y cultura, faro de luz y progreso industrial.

Pedro el Grande no solo mandó construir a imagen y semejanza de París San Petersburgo, una ciudad rusa cercana a su frontera occidental a la que puso su nombre, aunque con subfijo tomado del alemán, sino que para europeizar a Rusia prohibió que los hombres usaran barbas, de modo que parecieran más civilizados que los semisalvajes de Asia Central. Mustafá Kemal Ataturk hizo cosas parecidas con Turquía.

Pero resulta que los europeos los veían como inferiores y se resistían a acogerlos como parte de la familia. De hecho, cuando los alemanes o franceses hablan de Europa, se están refiriendo a solo una parte de lo que conocemos como tal por lo que nos enseñaron en los libros de geografía de la escuela.

Y resulta que ahora ya los vientos comenzaron a soplar hacia oriente. Ya el atractivo como faro de luz, civilización y cultura, así como de desarrollo económico, no lo ejerce tanto el mundo occidental sino el oriental. Eso explica que esté cambiando ahora la geopolítica mundial.

En el mismo lugar donde ahora hay militares y armas de Alemania defendiendo a Kiev para impedir que sea tomado por el ejército ruso, hace algo más de 80 años había militares y armas de Rusia defendiendo a Kiev para impedir que fuera tomada por el ejército alemán. Tal es la historia de guerras de Europa, un continente que no conoce la tranquilidad, que se ha pasado siglos matándose entre ellos mismos.

Siempre sentí admiración por la Unión Europea, no solo por lo que significó en términos de integración y cooperación económica y progreso conjunto, sino porque supieron crear sociedades significativamente cohesionadas, equilibradas, estables y democráticas. Y, a la postre, ayudar a la humanidad en una serie de bienes públicos globales, como la preservación del medio ambiente y los derechos humanos.

Pero cometió la insensatez de empeñar su destino a los Estados Unidos, en cuyas manos puso su seguridad y su política exterior a cambio de apoyarlo en sus guerras y sus agresiones a otros países, lo que fue visto como una tracción por muchos que hemos sido sus víctimas.

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