MIRANDO POR EL RETROVISOR
Por Juan Salazar
En apenas un minuto y 52 segundos, el cantautor español Joan Manuel Serrat, quien merece tanto como el estadounidense Bob Dylan un Premio Nobel de Literatura por la belleza de sus composiciones, nos cuenta de “aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel o en un cajón”.
Dos episodios muy disímiles me llevaron a recordar en la semana que recién concluyó ese breve, pero icónico tema musical del intérprete barcelonés, en el que canta a esas diminutas cosas que muchas veces nos hacen que “lloremos cuando nadie nos ve”.
Recordé la canción primero por un idílico amor que tuve en el bachillerato. En uno de sus cumpleaños le regalé un LP (la abreviatura de Long Play que marcó por tanto tiempo a la industria discográfica) del compositor y cantante mexicano, Armando Manzanero.
En mi próximo cumpleaños, ella me obsequió un disco de pasta del cantante italo-belga, Salvatore Adamo, pero para hacer honor a uno de los populares temas incluidos en la producción musical, llegó acompañado de “un mechón de sus cabellos”. Ese pequeño trozo de su cabellera lo veneré y atesoré por casi tres lustros, hasta que un día no sé cómo lo perdí en una mudanza. Pero por mucho tiempo fue el bello recuerdo de un amor que nunca se concretizó.
El otro episodio que me llevó a recordar la canción de Serrat fue enterarme de que a una persona allegada le robaron los espejos retrovisores de su vehículo, cuando estaba estacionado frente a su vivienda.
La joven se abstuvo por varios días de usar su medio de transporte porque no tenía el dinero para reponer las piezas de inmediato. También por el temor de salir a las calles y que algún agente de tránsito le colocara una multa por circular sin los retrovisores.
¿Y se preguntarán por qué vinculé el segundo episodio con la canción de Serrat? Pues porque precisamente a mediados del presente mes la ministra de Interior y Policía, Faride Raful, anunció que se contempla una reforma a la ley de tránsito para convertir el pago de las multas en obligatorio y así imponer un “régimen de consecuencias”.
Siempre he sido un ardiente defensor de aplicar las normas sin distinción, no solo para conjurar el caos del tránsito, sino en otras áreas de la convivencia humana donde tampoco se aplica la máxima latina “Dura lex, sed lex” (La ley es dura, pero es la ley). Ahora bien, en el caso del tránsito de nada serviría ese “régimen de consecuencias” si no llega acompañado de las medidas preventivas que también agradecerían los ciudadanos.
¿Piensa usted, amable lector, que el régimen de consecuencias sería justo si aplican una multa de tránsito a la persona que sale a comprar a una tienda de repuestos el retrovisor que le robaron, porque circula sin esos artefactos?
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El mechón de sus cabellos lo perdí un día sin saber cómo en una mudanza.EXTERNA |
En las “pequeñas cosas” a las que cantó Serrat con tanta sabiduría, no se han fijado todos los gobiernos que hemos tenido desde que en 1844, como también plasmó nuestro cantautor-poeta Juan Luis Guerra, la victoria de aquel febrero coronó nuestra media isla de libertad.
Y así tenemos líneas del Metro, presas, carreteras, circunvalaciones, plazas y ciudades sanitarias, museos que pocos visitan, modernos complejos turísticos y otros en construcción repletos de haitianos como el Hoyo de Friusa, parques de zonas francas y otras obras de infraestructura que se exhiben como sinónimo de progreso.
A mí me encantaría también que exista un “régimen de consecuencias” para las tiendas de repuestos que compran los espejos retrovisores a “piperos” a precios irrisorios, para luego venderlos carísimos a los propios usuarios víctimas de esos robos. Un simple operativo del Ministerio de Interior y Policía –como lo hace actualmente para incautar bocinas en centros de diversión- permitiría comprobar que muchos de esos negocios no cuentan con las facturas que sustenten las compras al por mayor de esos artículos.
Me encantaría, además, un “régimen de consecuencias” contra las metaleras que compran las tapas robadas del sistema de alcantarillado y cables del tendido eléctrico para fundirlos.
Un “régimen de consecuencias” para los negocios que compran a asaltantes celulares que arrebatan a los ciudadanos en las vías públicas.
Un “régimen de consecuencias” para quienes de tanto arrojar desperdicios de manera indiscriminada en las vías públicas, han convertido al Distrito Nacional en una inmensa pocilga.
Cuando Serrat recibió el premio “Princesa de Asturias de las Artes”, en el 2024, reveló que el don de escribir sus canciones provino de la aplicación de sus sentidos, especialmente ver y escuchar.
Y expresó su inconformidad y disgusto con el mundo actual: contaminado, hostil e insolidario, donde los valores morales y democráticos han sido sustituidos por las ideas del mercado y en el que todo tiene un precio.
Serrat destacó en ese breve discurso el esfuerzo que ha hecho para dejar con sus composiciones un buen recuerdo a los demás y el anhelo de que llegue el tiempo de vendimiar los sueños de tantas personas, varados en la otra orilla del río.
Nuestras autoridades ven y escuchan los clamores y anhelos más sentidos de la mayoría de los ciudadanos, pero permanecen indiferentes al momento de instaurar un régimen de consecuencias real y efectivo.
Sueños truncados se podrían hacer realidad sí, además de acometer las grandes obras de que tanto se han ufanado nuestros presidentes a lo largo de la historia, se centraran también en “esas pequeñas cosas” que deberían acompañarlas.
Como me pasó a mí con el pequeño mechón de cabellos que acompañó a ese LP.
Serrat describió sus “pequeñas cosas” en menos de dos minutos. Las nuestras, tan definidas y conocidas, parecen eternizarse. Seguimos a su merced, como ante ese ladrón que acecha detrás de la puerta o las hojas muertas que el viento arrastra sin rumbo definido.